Cuando la política entra en el sexo, el deseo sale por las ventanas

Cuando la política entra en las aulas, la educación sale por las ventanas, acostumbra a decir una persona muy sabia a la que le debo gran parte de lo que soy y lo que se. En cuestiones de sexualidad sucede algo parecido, podríamos decir que cuando la política entra en el sexo el deseo sale por las ventanas.

Cuando los sexólogos hablamos del deseo no lo hacemos como sustantivo sino como verbo, porque cuando nos referimos a él hablamos de acciones y de interacciones y no lo limitamos al terreno de la erótica, o mejor dicho de lo genital, pues entendemos que el goce, satisfacer nuestra sexualidad, nuestra peculiar forma de ser y sentirnos hombres y mujeres  va más allá de los encuentros eróticos.

Muchos de estos deseos responden a nuestro anhelo de compartir(nos) con otro, es decir de hacer partícipe, cómplice de mi desear a otro. El deseo de procrear  puede ser un ejemplo de estos deseos que decidimos compartir con otro  y que necesita en muchos casos, no sólo de la disposición del otro a satisfacerlo, sino también de su deseo de procrear y hacerlo con el sujeto que demanda su acción.  Cuestiones que a veces nos ponen en más de un aprieto, cuando este deseo se gestiona  en pareja. Y es que el deseo no es algo que se elija sino que se descubre, de manera que no puedo elegir desear ser madre o padre, del mismo modo que no puede elegir la orientación de mi deseo erótico, es decir sentirme atraído hacia los hombres o las mujeres.  Yo no elijo qué me excita y que no, o que deseo y que no, sino que lo descubro y una vez descifrado esto puedo decidir satisfacerlo o no, dónde, cuándo…

De manera que la maternidad o la paternidad más allá de una opción es un deseo y por ello considero fundamental que las personas, hombres y mujeres (las mujeres gestan pero ambos se embarazan, pues el embarazo no es sólo un estado físico sino también psicológico por el que aquellos que desean procrear se preparan para asumir un nuevo rol, el de padre/madre, familia) tengamos la oportunidad de decidir cuándo deseamos ser padres o madres y bajo qué condiciones estamos dispuestos a asumir esta responsabilidad.

Intentar regular algo en lo que no tenemos capacidad de decisión y que pertenece al terreno de la intimidad con reglas de lo público perjudica más que beneficia, y es que cualquier tipo de ley, norma o dogma que pretenda normativizar, imponer o prescribir cómo ha de ser el sexo (entendido como condición humana) no sólo estigmatiza la DIVERSIDAD implícita a éste y niega nuestra particular forma de desear y sentirnos deseados, sino que además  desliga nuestros deseos del desear propio y subjetivo subordinarlos  a la deseabilidad social, a lo que se espera de nosotros, lo normal, lo que hay que hay desear…en definitiva al deber. De manera que nuestros deseos ya no responden a una cuestión de goce o satisfacción personal sino de deber para con la comunidad. Convirtiéndose esto, a propósito, en la base de la mayoría de las consultas que atendemos los sexólogos (y tiene gracia que seamos nosotros precisamente los que denunciemos estas cuestiones).

¿De verdad vamos a permitir que otros (llámese Estado, Iglesia, moda…) dirijan nuestros deseos, decidan qué, a quién, cómo o cuánto desear?

Luchar contra todas estas políticas que pretenden regular la sexualidad va más allá de estar o no a favor del matrimonio homosexual, el aborto, los métodos aticonceptivos o la edad legal para mantener relaciones sexuales, se trata de defender nuestra condición de sexuados y la diversidad que ésta implica,  nuestra particular forma de ser y sentirnos hombres y mujeres, de desear y sentirnos deseados, nuestra peculiar forma de amar y compartirnos con otros, de formar familias… en definitiva de defender nuestra individualidad, nuestro sexo, aquello que nos hace únicos y especiales.

 

No es con leyes penales no con coerciones con lo que se conocen y potencian los valores y peculiaridades de los individuos.  (E. Amenzúa)

Ser liberal, amigos míos, es no intentar convencer a tus vecinos de tus ideas, sino tratar de vivir con ellos, con las ideas diferentes.  (G. Marañón)

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