FETICHISMO

Como prometimos la semana pasada, ahí va una nueva entrada de Peculiaridades Eróticas, esta semana el fetichismo.

Hay mucha leyenda en torno al fetichismo y lo cierto es que si nos paramos a pensar todos somos un poco fetiches, todos tenemos preferencia por una u otra parte del cuerpo de la persona a la que deseamos. Existe un olor, un sabor, una canción que despierta en nosotros sensaciones placenteras o que nos hace recordarlas y anhelarlas, o guardamos en algún cajón secreto una foto, entrada de algún concierto, una prenda porque nos trae buenos recuerdos, porque tiene un especial significado para nosotros, en definitiva, porque le hemos dado un valor simbólico.

Pero… qué es esto de los fetiches.

Cuando hablamos de fetichismo lo hacemos de una de las peculiaridades eróticas más universales, porque está presente en la gran mayoría de nosotros.

El mecanismo del fetiche tiene su base en el carácter simbólico por el cual un estímulo puede ser trasladado de un objeto a otro. Havelock Ellis, uno de los padres de la sexología, ya en 1904 en su monografía sobre el fetichismo, lo planteó como la estructura de una metáfora lingüística, por la cual los sujetos convierten algo banal e insignificante en atractivo e importante. Por lo cual podemos decir que el fetichismo consiste en el deseo hacia un objeto, característica, emoción, zona o parte del cuerpo del sujeto deseado que hemos cargado de valor simbólico. Por ello en un principio fue también conocido como punto de engarce, que es una de las características que definen el fetichismo, porque hace referencia a aquello del otro al que deseo, ya sea una parte de su anatomía, un gesto, una actitud, un objeto, incluso su olor que me provoca atracción y despierta mi excitación.

Y es que como decía el maestro Ellis, “no hay ninguna zona del cuerpo que no pueda ser erógena. Tampoco ninguna sensación o emoción.” Siempre hay algo del otro o de uno mismo que puede suscitar preferencia.

Otro de los aspectos a tener en cuenta para entender mejor el fetichismo son los detalles. Las descripciones minuciosas y centradas en las partes concretas de esa zona, gesto, sensación, objeto del otro al que deseamos, que motivan nuestra atracción y despiertan nuestra excitación.

Pero también puede darse el caso de que esta erotización recaiga sobre un objeto inanimado, bien por su relación directa con la persona deseada, por su uso en sí mismo, o por asociación, como pueden ser las prendas de lencería. Probablemente ésta sea la parte del fetichismo más conocida o a la que más publicidad se le ha dado. Sin embargo cuando hablamos de otorgarle un valor simbólico a un objeto no hablamos sólo de aquellos que despiertan nuestra excitación o atracción por la persona deseada, sino también de aquellos a los que les hemos atribuido un especial significado y valor emocional por su asociación con alguna escena o vivencia placentera que anhelamos, como puede ser el hecho de coleccionar entradas de conciertos, guardar un billete de tren o de avión, etc… porque son utilizados como un recurso asociativo.

La exclusiva fijación por estos objetos, gestos, partes del cuerpo, etc… probablemente sean lo más característico del fetichismo. Pero no podemos tomar el todo por la parte. El hecho de que sea un objeto determinado el que motive mi atracción y excitación no significa que ese objeto tenga un valor erótico en sí mismo para mí, sino que es un recurso de asociación que yo utilizo de forma inconsciente con la persona deseada.

Esta exclusividad se ha convertido en la característica definitoria del fetichismo y probablemente en el origen de muchos estereotipos entorno a él incluso en fuente de conflicto o dificultad para vivir la erótica de forma satisfactoria.

La dificultad o el problema surge cuando el sujeto pone más carga o significado erótico en el objeto mismo que en la realidad simbolizada de los sujetos, que en esa asociación del objeto, gesto, olor…. Con la persona deseada, hasta el punto de hacer girar su erótica y relación en función de dicha sustitución, olvidando que éste era un recurso de asociación respecto a la persona deseada y no el motivo de su excitación. En el término medio está la virtud, como todo llevado al extremo entraña riesgo. Por ello hemos de aprender a gestionar estas peculiaridades como lo hacemos con cualquier otro aspecto de nuestra vida y sobre todo impedir que los miedos a un posible riesgo dejen fluir nuestros deseos.