Qué mejor regalo que compartirse.

La Navidad es un tiempo de Paz, de Amor, de buenas acciones, de regalos con los que intentamos hacer felices a los demás, pero… ¿son esos gestos, regalos o palabras lo que los  demás esperan de nosotros?, ¿lo que ellos desean? ¿O quizá responden a lo que nosotros creemos que desean, necesitan, les vendría bien, tienen que hacer…?

Uno de los errores más frecuentes en las relaciones de pareja y que suponen el inicio de la mayoría de conflictos, es creer que lo conocemos todo sobre la otra persona, qué piensa, qué quiere, qué desea, cómo, dónde, cuándo…. lo que nos conduce a veces a caer en el error de no prestar atención a sus demandas, de dar sin preguntar si aquello que regalamos es lo que verdaderamente desea quien lo recibe, o si lo desea en ese modo, momento, lugar… Con la mejor de nuestras intenciones, fruto de nuestro amor y deseo por complacer al otro/a, caemos en la trampa de dar según nuestro criterio, de regalar aquello que creemos más conveniente para el otro (¿o quizá sea lo que más nos conviene a nosotros?) sin pararnos a pensar en muchas ocasiones si de esta forma estamos cumpliendo el objetivo que nos proponíamos, satisfacer al otr@. Y es que como en todo, en las relaciones de pareja con  la buena voluntad no basta (y si no que le pregunten a Cecilia Giménez después de intentar restaurar el  Ecce Homo del Santuario de Misericordia en Borja). A pesar de que creamos sabelo todo sobre nuestro/a compañero/a y nuestros actos surjan fruto de nuestro amor y deseo por satisfacerle , el mejor regalo que podemos hacernos en pareja es compartir nuestros deseos, hacerlos explícitos (como paso previo para evitar entrar en este juego) y estar dispuestos a escuchar los del otro, a negociarlos y satisfacerlos, aunque no siempre comulguemos con ellos.

Para reflexionar sobre estas ideas os invito a leer la historia de Arturo y Clementina,  dos tortugas  que se querían tanto y creían conocerse tan bien que, nunca una le dijo a la otra lo que verdaderamente deseaba para no herir sus sentimientos, tanto que su afán por complacer y cuidar a la otra les impidió ver y escuchar lo que verdaderamente deseaban.